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El Mayor de Bolívar sin los estudiantes: la crónica de su ausencia

Redacción: Eleana Martelo Tirado//Fotografía: Sergio Andrés Zuleta Tovar.

El silencio es ensordecedor y la brisa no se pasea en la institución con tanta fuerza, como si supiera que no hay nadie a quien refrescar.

Se escucha el eco de la soledad y los salones están vacíos. Algunas sillas yacen arrumadas en cafetería, al igual que los parasoles. En el patio solo se ve a dos hombres que a esta hora, 1:30 de la tarde, manipulan una motosierra para cortar una viga.

En la escena aparece Tintín, el querido vendedor de tintos que todos aman en la institución. Vestido con su gorra blanca (casi inseparable), jeans y suéter blanco, me dice:

– A mi no me gustan las vacaciones. No me conviene- exclama sonriendo mientras prepara tintos y cafés con leche en su carrito, a la entrada del Mayor. Los alista para subirlos a las oficinas. Sabe que a esta hora, luego del almuerzo, siempre es bueno un buen café para espantar el sueño.

Ya nadie baja a toda prisa por las escaleras, ya no se escuchan gritos, ni risotadas, ni mucho menos frases como “profe, regáleme un momentico”, “Oye, vamos a repasar para el parcial”, “se me olvidó hacer el trabajo” o “Ojalá hoy no haya clases”. Tampoco, a mediodía, se escucha música en el patio, la que los alumnos colocan para “matar” tiempo y esperar el inicio de otra clase, allí, justo debajo del famoso ‘Palito’.

Y ni que decir de esos partidos de fútbol, casi que matutinos. De eso, no hay nada, no por ahora.

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Y es que por todos lados se siente la soledad que hay en la institución. No solo Tintín siente la ausencia de los estudiantes, quienes hace más de un mes salieron a vacaciones a recobrar fuerzas para enfrentar un nuevo periodo académico.

El señor Pedro, el hombre canoso, de estatura baja y sonriente que transporta a la rectora, también los extraña.

-El Mayor sin los estudiantes es aburridor. Uno está acostumbrado a la bulla de ellos- indica con una carcajada mientras alza las manos al cielo, en señal de añoranza por su regreso.

Hasta los gatos, Pompilio y Brunildo, han sentido su lejanía. Desde que ellos se marcharon, todos los días, al llegar a la institución, los encuentro a la entrada, como la mascota que espera la llegada de su amo.

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Me encuentro a Cecilia Morales Cabarcas, una de las señoras que ayuda con el aseo en este plantel.

Ella, una morena de cabello negro y corto, lentes de aumento con marco de color rojo, vestida con su uniforme de aseadora (blanco y azul), no oculta que echa de menos a los estudiantes.

-Esto es una tristeza. Ya ellos son parte de aquí. Esto está muy solo. Se siente su ausencia, se siente bastante-

-Ellos son el corazón del Mayor. Lo que más extraño es su cariño y que me busquen para hablar. A veces me consultan tareas- sostiene en el pasillo ‘Ceci’, como cariñosamente le llaman.

Los vigilantes no se quedan atrás. Jair Ávila Mendoza y Hernando Noche Lara, quienes están de guardia este viernes, aseveran que no es lo mismo sin los alumnos.

-Ahora es desestresante. Ellos nos ponen a correr, nos estresan mucho- dice Noche, pero en el fondo le hace falta verlos caminar de un lado a otro.

Y ese “corre corre” de los jóvenes es el que también extraña Yorelis, la auxiliar administrativa de Biblioteca. Lo percibo al llegar a ese lugar. Las mesas están completamente vacías y los libros permanecen en sus estantes, más organizados que siempre. Asegura que las vacaciones son el momento perfecto para alistar las colecciones y, aunque hay más trabajo cuando ellos están, no vacila en decir que anhela su pronto regreso.

-Ellos son los que le ponen color al Mayor, sin ellos no es nada. Aquí en Biblioteca, ellos son nuestra razón de ser, porque les damos las herramientas para que se formen. Lo que más extraño es asesorarlos en la búsqueda de sus libros- me relata de pie, a la entrada de ese mar de ese sitio.

La acompaña la coordinadora de esa dependencia, Flor Pérez, quien sin titubear y con una sonrisa expresa: -los libros esperan por ellos-

Sigo mi recorrido y llego a la unidad de Administración y Turismo. Una vez entro a la oficina, diviso a la ‘profe’ Sandra Osorio, quien está sentada en su computador escribiendo algún oficio. Al instante, la mujer rubia y de tez blanca alza la mirada para atenderme.

Al interrogarla sobre cómo ha sido este tiempo sin los estudiantes, inmediatamente precisa: -Cuando ellos están, el trabajo rinde menos, porque nos mantienen ocupados (…) Evidentemente esto se siente solo y triste, aquí hacen falta. Extraño sus discusiones, su alegría y sus ocurrencias-

Pero ella no es la única, el profe de Administración de Comercio Exterior, Wilson Guacarí Villalba, sin pensarlo manifiesta que las maldades que estos hacen en los salones, es lo que más extraña.

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Salgo a la puerta del Mayor, a la calle de la Factoría. Se ve solitaria y solo se escucha el crujir del viento.

El señor que vende afuera las arepas con queso ha desaparecido, y al hombre de la nevera ambulante de la esquina, como yendo hacia el cordón amurallado, se le ve muy poco.

La soledad se pasea en cada rincón de esta edificación y abraza la calle donde está ubicada, la misma que, en una época normal, está impregnada de risas, gritos, chanzas y el afán de cada uno de los estudiantes que se forman en este plantel educativo.

Así está el Mayor de Bolívar hace un mes y así permanecerá, por lo menos, más de 15 días hasta que ellos vuelvan. Mientras tanto, este seguirá siendo como una iglesia sin feligreses, una guitarra sin cuerdas o un parque sin niños.

 

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Yaris Leidis, la niña de la Clínica de lo Social a la que el deporte le cambió la vida

Yaris Leidis Altamar Mattos//Redacción: Eleana Martelo Tirado//Fotografía: Sergio Andrés Zuleta Tovar//Lugar: Colombiatón.

-No, baby. Tú no fuiste el primero que entró a la escuela de patinaje- le dice una niña, con voz gruesa y vocalización acentuada, a uno de los menores.

Es de tez morena y cejas gruesas. Viste una licra negra, suéter gris, tenis blancos y un cintillo ancho de color amarillo. Es Yaris Leidis Altamar Mattos, una niña de 12 años que hace parte de la escuela de patinaje de la Clínica de lo Social, el programa bandera de responsabilidad social que tiene el Colegio Mayor de Bolívar.

Estamos al sur de Cartagena, en Colombiatón, uno de los barrios más afectados por las pandillas, pero que tiene gente pujante y soñadora, como ella, que, pese a las adversidades, no se rinde.

En la esquina de la sede de la Clínica, en la manzana C, Yaris y otros niños comparten su experiencia de cómo ha impactado sus vidas y las de sus familias la intervención que este programa viene realizando en la comunidad, desde hace ocho años.

Con timidez, pasa al frente y dice: -La Clínica me ha ayudado a creer en mis sueños y hasta corregir cosas de mi forma de ser-

-Por ejemplo, ya no soy tan peleonera. Antes no podían ni verme, porque iba preguntando qué me veían y armaba conflicto- remata, llevándose la mano a la cara, en señal de pena.

Los demás niños ríen y dan su aprobación con la cabeza, al igual que las líderes que los acompañan.

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El sol, como siempre, no da tregua. 32 grados centígrados. Son las 11:53 de la mañana del viernes 22 de junio. La reunión, después de 15 minutos, termina… los niños y niñas deben irse a entrenar.

Abordo a Yaris, quien está en la tienda comprando mekatos. Me llama la atención su personalidad, es arrolladora y de carácter fuerte. La seguridad y espontaneidad con la que habla de la vida, pese a su corta edad, es asombrosa.

Camino a su casa, en la misma manzana, pero una calle después de la Clínica de lo Social, me dice entre carcajadas: -Anda, vamos para mi casa y está patas pa’ arriba’-

Yo sonrío y le digo: -Tranquila. Solo conversaremos-

En su cuadra pueden verse niños a pie descalzo pasearse por las calles, unos juegan bolitas de ‘uñita’ y otros montan bicicleta. Algunas madres aprovechan el inclemente sol y tienden la ropa en los techos de las casas, mientras que otras intentan tomar sombra sentadas debajo de los árboles.

Por fin llegamos a su casa. Es naranja con blanco. El primero en recibirnos es mateo, el perro de Yaris que yace amarrado en la terraza. Su padre, descamisado, ve tranquilamente televisión en la sala, pero al vernos entra de inmediato al cuarto a buscar una camiseta.

Ella, sin vacilar, saca una mecedora y una silla Rimax, y empieza a relatarme cómo entró a la Clínica de lo Social.

-Cuando yo entré empecé practicando fútbol. Luego me pasé para patinaje, que es una disciplina mucho más femenina. Ya tengo cuatro años de estar en la Clínica, que me ha ayudado mucho, me ha cambiado mucho la vida. He aprendido a leer más rápido, a mejorar mi ortografía, a socializarme más-

Su mensaje a los otros niños y jóvenes es contundente: -A los que aún no se han vinculado, les digo que no desaprovechen la oportunidad de pertenecer a la Clínica de lo Social, aquí nos ayudan mucho a crecer como personas y descubrir nuestros talentos-

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El calor es asfixiante. La sudoración está a flor de piel. No hay señales de que menguará la temperatura. En la escena aparecen dos amigas de Yaris quienes, inquietas por esta entrevista, se sientan en el muro de la terraza a escuchar todo lo que le pregunto.

Ella, limpiándose el sudor casi que cada tres minutos y con una bolsa de papitas y una coca cola en la mano, sigue contándome.

-La Clínica me ha ayudado a acercarme más a mis sueños. Mis papás siempre me han apoyado para que yo salga adelante. En mis tiempos libres estuviera sin hacer nada. Antes no había planes, no había proyectos, ahora patino y me gusta mucho más que el fútbol. Sé que con este deporte puedo triunfar-

Sin asomo alguno de inseguridad, conociéndose de lo que es capaz, expresa lo que quiere en la vida.

-Sueño con ser una gran patinadora, tener mi apartamento y sacar a mi mamá adelante; a ella me la llevo a donde sea, sin ella no soy nadie. Sé que muchos niños, también, pueden lograr lo que anhelan. La Clínica ha impactado positivamente y ha ayudado a muchos de ellos que andaban en mal camino-

-Los sueños sí se hacen realidad, si se lucha por ellos. Los sueños sí se cumplen, y esto es prueba de ello- concluye Yaris Leidis.

Terminamos nuestra charla y me despido, ella debe alistarse para ir a entrenar. Tiene claro que solo con disciplina y perseverancia se cumplen las metas.

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Como ella, que cursa séptimo grado en la Corporación Educativa Nazareno, ubicada en su mismo barrio, Colombiatón, más de 300 niños construyen sus sueños con el apoyo de la Clínica de lo Social.

Unos empiezan a tejerlos desde el fútbol y otros desde el patinaje, la música, el arte y la pedagogía.

Ahora, esos menores de Bicentenario, Flor del Campo, Colombiatón, Villas de Aranjuez, La India y Portal de la Cordialidad, mantienen viva la esperanza de que todo puede ser mejor y de que si se es capaz de soñar, también se es capaz de convertir esos sueños en realidad.

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