Crónica de un primíparo en el Mayor de Bolívar

Estudiantes de primer semestre de Promoción social. Fotografía: Sergio Zuleta Tovar//Redacción: Eleana Martelo Tirado.

Tres de la tarde. Salgo de mi oficina -en Comunicaciones- y bajo al patio de la institución a tomarme un café con leche. Se lo compré a ‘Tintín’, el hombre alto, de tez morena y contextura gruesa, que se pasea por los rincones del Mayor de Bolívar con su carrito lleno de termos con café y mekatos, y al que todos le tienen un especial aprecio.

Depronto escucho que, en tono muy enérgico, una voz femenina dice:

– ¡El profesor como que se perdió… se le olvidó que tenía clases!

Es Anyelli, una joven morena- de unos 17 años- que baja afanada por una de las escaleras de la institución con cara de decepción, porque no aparece el «profe» de Sistemas o, por lo menos, no tiene ni idea dónde dará la clase. En el patio del Mayor, decide esperar a ver qué sucede.

Es primípara, al igual que unas diez niñas que la acompañan. No es difícil identificarlas, su forma de hablar y sus actitudes son inconfundibles.

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Mientras saboreo mi café con leche y disfruto de la fuerte brisa que por estas horas siempre sopla aquí -a veces abrumadora- las observo a todas. Minutos antes habían subido a la oficina de Sistemas, no solo una de ellas sino todas, a preguntar dónde se había metido el «profe».

Aguardando y a la espera de si darán la clase o no, rodean a ‘Tintín’, quien en su recorrido matutino se detiene en el lugar.

– Tengo pan de queso, galletas integrales, Club Social, café… ¿Qué les doy? – les dice el risueño hombre, como a todo el que se acerca a su carrito-

Una de ellas pide un pan de queso y mientras lo moja en el café con leche, exclama:

– ¡Ay, yo me voy a comer esto, porque a esta hora lo que hace es sueño! Yo en las tardes siempre estaba durmiendo porque llegaba del colegio como a la una y tenía todo el tiempo para descansar, pero acá ya no puedo.

Las otras jóvenes, tratando de espantar el hambre y el sueño, sueltan la carcajada y asienten con la cabeza, como aprobando lo que su compañera dice.

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En la escena aparece Valentina, una joven morena de la misma edad de Anyelli, 17 años, quien con desparpajo, pero a la vez algo tímida relata que la noche anterior a su primer día de clases no pudo dormir.

– Me levantaba cada dos horas, tenía mucha ansiedad. Al día siguiente, me desperté muy temprano, como cosa rara. Entraba a clases a la 1 de la tarde, pero me levanté a las 7 de la mañana. Cuando llegó la hora, tomé el bolso de mi mamá, guardé una libreta que me regalaron y me puse mi mejor pinta. Llegué al Mayor mucho antes de clases, me quedé en la entrada mirando para todos lados, no sabía qué hacer, hasta que me encontré con unas compañeras y, minutos después, vimos a la coordinadora del programa, quien nos ubicó.

Y es que así es la vida de todo primíparo: puntuales como ninguno, desconcertados por los extensos horarios de clases, meditabundos, despistados, algunos miedosos y otros perdidos en el recinto.

Por eso, no es tarea del otro mundo detectarlos. También los caracteriza el bolso nuevo, la ropa nueva, zapatos nuevos, la «mejor pinta» y fotocopias en cantidades industriales. Y ni hablar de que detallan sigilosamente las instalaciones para no perderse, llegan con varias horas de anticipación a clases y se van una vez acaba la jornada.

– Con solo mirarnos la cara ya todos saben que somos primíparos (…) somos la perdición total aquí, no sabemos dónde queda cada cosa. Me he perdido mucho, pero llego al lugar preguntando, con un poco de pena porque se lo quedan mirando a uno como bicho raro -interviene nuevamente Valentina entre ‘risotadas’, mientras se lleva la mano a la cara en señal de verguenza-

Todas, sentadas en las escaleras contiguas a la oficina de Rectoría, ríen libremente, aún se sienten como si estuvieran en bachillerato. Alguien les avisa que ya el ‘profe’ inició la clase y, a toda prisa, suben al tercer piso. Ya habían perdido algunos minutos en el patio contándose cómo había sido su primer día de clases y lo duro que les ha dado que en la universidad no haya el famoso ‘Descanso’ o ‘Recreo’, ese que todos esperábamos con ansias en el colegio.

– ¡’Profe’, nos vemos! -me gritan Anyelli y Valentina- y suben rápidamente.

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Termino mi café con leche, que me tomé de a sorbos por andar escuchándolas, y me detengo a pensar que así empezamos todos en la universidad: entre afanes por lucir la mejor pinta, con timidez, temor de hacer el ridículo y mucha ansiedad por las clases, pero siempre con ese espíritu ímpetu de querer superarse y querer estudiar para ‘ser alguien en la vida’, como le recalcan todas las mamás a sus hijos ad portas de empezar esa nueva etapa.

Entonces, me pregunto si habrá arma más poderosa para cambiar el mundo que la educación, como alguna vez dijo Nelson Mandela, el primer presidente de raza negra que tuvo Sudáfrica.

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Anyelli y Valentina, protagonistas de esta crónica.
Valentina Zarza.
Anyelli Florez Julio.
Anyelli Florez Julio.

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